¡Hola!
Soy Raquel. Estudié el Grado en Traducción e Interpretación por la UVa y tengo también un máster en Estudios Ingleses Avanzados. Actualmente estoy cursando otro máster, el de Profesor de Educación Secundaria, y soy proto-doctoranda, si se me permite la inventiva, en Traductología. No obstante, la docencia siempre me ha atraído como un imán, por lo que vago a caballo entre mis dos pasiones, la traducción e interpretación y la educación.
«¡Pero si no tienen nada que ver!» dirá alguno; pues siento defraudarte, hay mucho más de lo que imaginas. Como traductores e intérpretes, intentamos hacer inteligibles culturas enteras para que cada uno de nosotros pueda disfrutar de sus series y videojuegos favoritos o pueda montar un dron (si es que alguien se lee el manual). Nuestra función es comunicar. ¿No es esa acaso la función del docente? En ambas situaciones la finalidad es que el receptor entienda lo que dices, ergo no, en esencia no somos tan diferentes.
En mi caso particular, el interés por los idiomas fue notable desde pequeña. Os garantizo que todavía con tres/cuatro años era nefasta poniéndome cada zapato en el pie que correspondía, pero en inglés era imbatible; supongo que había que compensar. En secundaria empecé con francés y en bachillerato incorporé el alemán al abanico de lenguas. Y no sé si por azar o por suerte, apareció una muy buena profesora de inglés a la que se le ocurrió preguntarme si quería estudiar Traducción y, efectivamente, así lo hice. No sé si por los idiomas, el proceso traductor en sí o por la infinidad de temas que puedes tocar (un punto muy jugoso para las mentes curiosas a rabiar como la mía), pero esa decisión me ha dado los mejores años de mi vida. Independientemente, la pregunta más inocente, la que incentivó mi curiosidad por este maravilloso campo, ha acabado moldeando mi existencia entera. ¡Quién iba a decir que yo quería ser traumatóloga!
¿No es impresionante lo influyente que puede ser un profesor en la vida de un alumno? A riesgo de ofender a Newton por robarle la cita y llevarla a mi terreno, «si he visto más lejos, es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes» y esos gigantes son los docentes, los pilares de la sociedad. Yo me quedo con haber podido aprender algo de todos los profesores que he tenido, para bien o para mal, sin excepción (mi infinita gratitud a Carmen, por la paciencia hasta que aprendí a ponerme bien los zapatos, y a Elena, por haberme lanzado a la mejor experiencia que he podido vivir).
Siguiendo ese mismo hilo de lo que puedes aprender de un profesor, quisiera aportar un título a la estantería de libros que todos deberíamos leer: Tuesdays with Morrie, Martes con mi viejo profesor en la edición en español, escrito por Mitch Albom. Esta novela corta y autobiográfica plasma el auténtico papel del docente, el de educar, impartiendo conocimientos formales, sí, pero también lecciones de vida.
Desde mi punto de vista, este libro puede analizarse desde muchos frentes, pero hay una reflexión en particular que a mi me viene a la cabeza siempre que lo leo: un profesor nunca muere ni deja de ejercer. Es probable que con esta afirmación peque de romántica o subjetiva, pero la educación, a mi modo de verlo, no consiste en la mera impartición de datos e información; el acto de educar atiende a un terreno infinitamente más amplio en el que entra en juego la formación de seres humanos, no como profesionales, sino como personas. Hago esta distinción entre seres humanos y personas por la siguiente razón: todos nacemos seres humanos, eso es indiscutible, pertenecemos a la misma especie, pero lo que nos hace ir más allá, ser miembros de una sociedad y ser capaces de interactuar con ella, es la educación que recibimos, no solo a nivel formal, sino también en valores. El papel de Morrie, el profesor, no acabó con la graduación de Mitch ni con la jubilación, solo cambió de plano, reorientó a su alumno y le abrió los ojos a lo que, por desgracia, muchas veces damos por sentado y restamos importancia, al hecho de poder vivir. Morrie no fue solo un profesor de sociología, fue también un guía para Albom y de sus enseñanzas no solo aprendió el autor en la etapa universitaria y muchos años después, sino que todos los lectores de la novela de Albom hemos podido hacerlo. Por ello, repito, un profesor nunca muere ni deja de ejercer, siempre quedan retazos de lo que un día enseñó, fuese lo que fuese.
En lo que a mi respecta, en mi vida como docente, mi objetivo principal es formar personas, mejores o peores estudiantes, pero buenas personas que cuiden su entorno. Tirando un poco más del hilo, espero poder incentivar la curiosidad de los alumnos, que trasteen y aprendan del mundo que les rodea; con un poco de suerte (y mucho trabajo), quizá sea esa mi herencia profesional. Y si no, pues habré sido la intensita de inglés, que tampoco es mal puesto.
¡Nos leemos en la próxima entrada!

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