sábado, 10 de octubre de 2020

Lo que el color de un libro esconde

        



        No hace mucho leí en Twitter el eterno debate sobre si el libro de matemáticas era rojo y el de lengua azul o al revés. En mi caso, era la primera opción. No obstante, hay otro cuyo color no admite lugar a dudas: el blanco, el Libro blanco de la profesión docente y su entorno escolar, publicado en 2015 y redactado por José Antonio Marina. Este tipo de libros los encargan los gobiernos para dar a conocer un tema en concreto a los organismos legislativos y al público y, por ende, se aplican también en el mundo profesional para facilitar la comprensión de un ámbito. Así pues, aunque hoy hablemos del de la profesión docente, los hay también en áreas tan variadas como la traducción institucional o la medicina estética.

        El Libro blanco de la profesión docente y su entorno escolar consiste en una presentación de la labor del educador fragmentada en cuatro capítulos, una introducción y un epílogo. En él se explica cómo esta profesión puede cambiar el sistema educativo español, para lo que es necesario lograr que las personas adecuadas accedan a la labor educativa. Además, se analiza el panorama internacional para compararlo con el español y así obtener una propuesta para modificar la formación de los docentes. Asimismo, trata la carrera como profesor y los posibles cambios que se pueden introducir para mejorar su calidad de vida y su actividad laboral.

        No obstante, si bien está plantear mejoras que puedan tener buenos efectos a nivel del sistema educativo, el peso de los cambios no puede recaer solo en los hombros del profesorado pues la sociedad en la que están integrados la formamos todos. Si queremos cambiar la educación, es necesario romper la rueda y con ella la mentalidad que hemos venido desarrollando en los últimos años, una mentalidad que en ocasiones desautoriza al profesorado, que le culpa de los suspensos del alumno y que abandona la educación (no solo la formal) de los hijos en manos del centro escolar. Una mejora de la educación empieza reestableciendo las jerarquías de una pirámide de autoridad que se ha invertido de tal forma que el niño ha llegado a la cumbre, sobreprotegido por los padres. De hecho, ya son varios los artículos que han mencionado esta realidad, pues se ha alimentado una generación narcisista, hiperprotegida y dictatorial. Es imperativo recolocar a los maestros por encima del alumno en nivel de autoridad en el aula y que los padres no desacrediten (al menos delante del niño) al profesor, si no, se seguirán alimentando conductas retadoras. Vivimos una realidad que ha perdido valores y disciplina y fomentado el egoísmo. Si la sociedad no cambia, no se puede esperar que los profesores cambien el mundo, tal cosa no puede recaer en manos de unos pocos (que con bastante tienen que lidiar ya en su día a día).

        Es probable que, en lo relativo a la formación del profesorado no universitario, sí que haya que introducir cambios, centrándose más en la parte práctica (es en las batallas diarias en las que uno aprende a sobrevivir) y, quizás, en pedagogía y psicología, que suelen ser las disciplinas en las que más deficitarios están los especialistas en las materias que se imparten. No solo para lidiar con el alumno, sino también para velar por la propia salud mental del profesor. Ahora bien, para formar a docentes debería ser obligatorio tener unos cuantos años de experiencia de campo, haber trabajado en aulas de secundaria para tratar situaciones reales a las que se debe hacer frente. De nada sirve inflar al futuro docente con conocimientos teóricos si no tienen una aplicación directa en la clase.

        Otro de los aspectos que trata el libro blanco es la remuneración, si un mejor sueldo hace mejores maestros. Mi respuesta es un rotundo no. Quizá sirva mejor como cebo para potenciales profesores o como motivación para los que ya ejercen, pero un buen profesor va a hacer bien su trabajo porque le gusta, porque lo entiende y porque quiere compartir lo que sabe para que otros aprendan. Siempre habrá profesores conformistas cuyas clases se imparten de forma mediocre porque «si cobran lo mismo a final de mes, ¿para qué van a trabajar más?». Un sueldo más alto no les haría esforzarse más, simplemente harían lo mismo (más bien poco) a cambio de más dinero. Lo que sí sería razonable sería incentivar su buen trabajo y recompensar el esfuerzo de los buenos, son esos los que están contribuyendo a mejorar la sociedad.

        

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