Pues ya lo siento, Chandler, pero la perfección ni es un chicle ni una posibilidad. Admitámoslo, la perfección no existe. Aún así, nos hemos criado en una cultura basada en cánones que se rigen por esa percepción idealista del mundo: el cuerpo ideal, el coche ideal, el trabajo ideal, la vida ideal...
Como decía el anuncio: respira. La vida no es perfecta y ahí reside su maravilla, siempre hay margen para la mejora y el crecimiento y, oye, la diferencia es lo que nos hace humanos. Pero, bueno, aunque no exista lo perfecto, podemos soñarlo para, así, fijarnos una meta aproximada de lo que queremos ser, dando lo mejor de nosotros mismos. ¿Cuál sería, entonces, el perfil de un tutor ideal? Pues, la verdad, cada uno tendrá su propia imagen mental del docente perfecto, pero la mía tiene un pilar y es la empatía. El tutor ideal tiene que ser empático, razonar por qué la gente se comporta como se comporta, compartir sus logros y sus fracasos. Tiene que saber observar y escuchar, que no oír, prestar atención a sus alumnos y comprender sus necesidades para ayudarles a enfrentarlas. Un tutor ideal tiene que ser curioso a rabiar y transmitir esa pasión por indagar en el mundo que le rodea, incentivando las ganas de trastear de los alumnos; digamos que tiene que ser un friki de la vida.
Además, en mi opinión, tiene que ser una persona equilibrada, no solo mentalmente (eso lo damos por supuesto), sino también en sus facetas personales: autoridad, paciencia, benevolencia, etc. Ha de saber poner límites a las cosas, no es cuestión de que le coman el pastel. Si se me permite sacar a relucir mi vena aficionada a Star Wars, el tutor ideal tiene que ser un jedi gris, caminar entre el lado oscuro y luminoso de la fuerza, guardando el equilibrio entre las dos.
Ahora bien, mi perfil de tutor ideal no solo muestra estas características con sus alumnos, también lo hace con los padres y sus compañeros de trabajo (algo que, a veces, puede ser un poco más complicado que con los chavales; tratar con adultos es todo un mundo). Quizá, incluso, en estos contextos se pueda (y deba) permitir ser más irónico o diplomático según el contexto, organizado y audaz.
Pero, si hay algo que de verdad tiene que ser un profesor ideal es vocacional. No hay nada peor que un docente indiferente a su profesión. En manos de estos jedi está el futuro y, si queremos que salga adelante, la vocación es clave, imperativa, de hecho, y se huele a kilómetros. Somos humanos y, al final, las partes más emocionales de nuestra personalidad son las que afectan al resto, si queremos inspirar a otros, tenemos que ser felices con nuestra labor y exprimirla al máximo, como si no existiera el cansancio porque... dormir es para los débiles. 😉


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