viernes, 2 de octubre de 2020

¿Qué hay entre España y Finlandia?


        

 ¿La respuesta fácil? Kilómetros. Sin embargo, no es a lo que me refería, recordemos que hablamos de educación. 

        A todos nos es familiar la posición de Finlandia en el ranking de países a la cabeza de la educación, no solo a nivel europeo, también mundial pero analicémoslo desde el principio, empezando por lo básico. Finlandia cuenta con profesores, alumnos y un sistema educativo. Evidente. Nosotros también, ¿por qué a ellos, aparentemente, les va mejor? 

       Pensando desde una perspectiva más económica, podría intuirse que el aprovechamiento o la distribución de los recursos es diferente. En Finlandia, la educación está más centrada en el desarrollo psico-pedagógico del alumno, se les da libertad para explorar y se fomenta el aprendizaje autónomo mediante las interacciones con el medio. A mayores, se cuida mucho del profesorado, que puede preparar las clases dentro del horario laboral, teniendo menor carga cuando salen del centro. Estos, a su vez, restringen en gran medida la cantidad de deberes que tienen sus alumnos, de tal forma que tienen tiempo para otras actividades en horario no lectivo. Estos profesionales también reciben más reconocimiento que en otros países, además de tener una mayor preparación para poder impartir clase. Si bien es cierto que la baja presión del alumnado se va aumentando según crecen y tienen más responsabilidades, nunca resulta excesiva para el estudiante. Además, se evita la competencia y el uso de cifras a modo de calificaciones hasta cierta edad, más bien se ofrecen informes descriptivos para que las familias vean la evolución de los estudiantes-algo terriblemente necesario en mi opinión, las personas no son un número-. Por parte de las familias, hay una mayor implicación en la formación y educación de los alumnos, pues se fomenta su participación en actividades culturales. No obstante, es imperativo señalar el gran papel que desempeña el sistema finlandés a la hora de permitir la conciliación familiar con las jornadas laborales. En definitiva, prima una mentalidad en la que se prioriza el conocimiento y la felicidad o tranquilidad de los integrantes del sistema, se permite a los niños ser niños sin descuidar su formación, lo que ha dado lugar a buenos resultados académicos y personas completas. 

        El panorama español, por otro lado, podría calificarse de más conservador. Está más centrado en el profesor, aunque los estudiantes van ganando participación en el aula. Además, tanto profesores como alumnos están sometidos a una alta presión: los primeros porque han pasado a desempeñar una infinidad de tareas burocráticas que abarcan tiempo fuera de la jornada laboral, tiempo que, además, deben dedicar a la preparación de las clases y a cuidar de sus familias; los segundos han de lidiar con horarios lectivos largos, al igual que los docentes, y tareas para realizar en casa, las cuales combinan con otras actividades extraescolares y sus deberes familiares. Las familias no se quedan atrás en este espectáculo de malabares, la conciliación es, si se me permite la metáfora, el unicornio de nuestra rutina. A este respecto me permito el lujo de hablar desde mi experiencia: cuando yo era pequeña, me tenía que levantar muy temprano (unas tres horas antes de tener que salir hacia el cole) para que mis padres me llevasen a casa de mis abuelos para poder ir ellos a trabajar y, por las tardes, acudía a una gran variedad de actividades extraescolares para que yo no estuviera desatendida en casa. Estas situaciones terminan generando un estrés en las familias y en los propios alumnos que, a la larga, se hace notar en la salud y en el propio carácter del estudiante. En cierto modo, no es de extrañar que nosotros no estemos a la cabeza de los rankings de educación, quizá nuestras rutinas frenéticas nos coarten en cierta medida. Sin embargo, no podemos generalizar a la hora de hablar de resultados, las diferentes comunidades autónomas del estado español tienen resultados dispares entre sí, de tal forma que algunas, como Castilla y León, logran situarse al nivel de Finlandia, incluso con un sistema tan diferente. Ante esto, yo me pregunto: ¿no será que, al menos en nuestra comunidad, CyL, tendemos a imitar más el agotador sistema educativo propio de Corea o China y, ciegos a esta posibilidad, nos comparamos con Finlandia?

        A mi modo de verlo, independientemente de a quién nos parezcamos más, si queremos mejorar los resultados y la salud emocional de nuestros docentes, dicentes y sus familias, deberíamos cuidar más de ellos y menos de los informes.

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